Crónica 31 de Agosto:
Hoy hemos llegado al desierto. Nos hemos levantado a las cuatro y media. Ayer no pudimos completar la etapa, y tenemos que desayunar en la Kashba Tammougalt, donde deberíamos haber llegado ayer. Después del desayuno continuamos el viaje hacia el Erg Chegaga. De camino paramos en Zagora. Jesús y yo nos quedamos para llenar el depósito de agua del camión. Como reza un cartel a la entrada del desierto: “El agua es oro”.
Mientras recargamos el agua, hablamos con Jusef, un chico de 25 años de Casablanca, que nos enseña orgulloso su camión de doble eje trasero con el que trabaja. No quiere acabar como su hermano, que emigró a Málaga y ahora está metido en las drogas. Le regalamos un sombrero de la expedición. Él nos ha dado una foto suya, que colocamos en la cabina tras acordarlo con una mirada mutua. Nos acompañan en el viaje.
Tras cambiar los autobuses por veinte coches todoterreno donde se suben los chavales, por fin cruzamos las puertas del desierto. A Jesús se le ilumina la cara. Recuerda el tiempo en el que venía aquí a entrenar con la moto.
Me cuenta anécdotas de cuando competía. “Esto de ser bombero me encanta pero lo que más feliz me ha hecho han sido las motos”. Entramos en la arena, la cosa cambia. La mirada se concentra y una ligera sonrisa aparece en su cara mientras cruzamos las dunas.
Esta expedición está hecha para “los de verde”, para esos chicos y chicas que tienen la suerte de estar aquí… Pero también “los de azul” somos afortunados. Una experiencia así no se olvida.
Jesús y yo, con nuestro unimog, un viejo camión todoterreno para incendios forestales, cerramos el convoy de 30 coches. “Si me pones un crono, los paso a todos” me dice Jesús. Nos reímos.
De vez en cuando dejamos que se distancie un poco y a Jesús le vuelve a salir la sonrisa…
Jorge Roldán Méndez.
Bombero de la
Comunidad de Madrid