Crónica 31 de Agosto:

 

Cuatro de la mañana, despertamos en el parking de un lujoso hotel. Nada más despertarnos, con las tripas rugientes, nos subimos al bus donde nada más entrar nos quedamos dormidos todos y cuando volvimos a abrir los ojos: voilà! Ya estábamos en las puertas del Sahara. Tomamos un jugoso desayuno en la Kashba y tras una visita de la misma bajo un sol totalmente abrasador nos subimos al autobús. Mientras estábamos yendo hacia allí, divisamos a un niño de unos tres años, medio perdido en un descampado del pueblo, le saludamos y nos devolvió el saludo mientras se acercaba. Me dio un abrazo, sentimos que estaba sediento y Clara le dio unos sorbos de agua que a su manera agradeció con mucha ansia, tras este incidente nos dimos cuenta de lo importante y necesaria que es el agua en un lugar como ese, lo cual nos hizo preveer lo que pasaríamos horas más tarde.

 

Tres de la tarde, nos subimos a un 4x4, conducido por un tal Ahgmed, de turbante blanco. La idea del desierto iba cobrando forma y de vez en cuando iban apareciendo pequeñas dunas, todas gritábamos: ¡duna! Con las ventanillas abiertas el aire era cálido, jugábamos con las ondas del viento, sacando los brazos mientras veíamos tornados formándose a nuestro alrededor. Impresionante. Aún quedaban unas cuantas horas para llegar y en el coche teníamos banda sonora árabe. Entre gritos, cantos y bailes, el tiempo voló. Atravesar ese mar de dunas y oasis era genial, a pesar del polvo, pero para eso teníamos nuestros turbantes.

 

Antes de llegar a nuestro destino final hicimos una parada en la que por fin pudimos tocar esa arena fina. Nos descalzamos para poder sentir el calor del suelo y, tras multitud de fotos y croquetas por la arena, nos volvimos a subir a los coches. Esta vez el paisaje si que era digno de película, cabalgábamos a toda velocidad levantando nubes de arena que formaban un paisaje todavía más idílico, el sol era redondo y rojo por la calima, mientras sonaba “Accidentally in love” de Smashmouth. Cantando a grito pelado, riendo, nos sentimos libres, enamorados del desierto.

 

Al fin llegamos al campamento, era noche cerrada y el cielo estrellado era imponente. Nos tumbamos en las dunas y Pedro nos dio una charla de astronomía. Estábamos absortos observando las estrellas y de repente “¡bólido, bólido!” La estrella fugaz más impresionante y rara que hemos visto. Era como una estela de polvo cósmico brillante, pedimos un deseo e intentamos mantener en nuestra memoria ese instante.

 

Clara Zavala Folache y Sara Solana

Expedicionarias MRS 2010