MADRID RUMBO AL SUR. DIARIO DE EXPEDICIÓN.

 

27 AGOSTO. DIA 12: Una monja nómada

 

Por la pista de piedra y polvo aparece Montse, en pantalones claros, con camiseta y un pañuelo cubriéndole la cabeza. “Hemos cogido el 11”, dice señalándose las piernas fibrosas con una sonrisa. Montse es pamplonica y monja franciscana misionera de María, tiene 68 años y lleva 24 en Marruecos. Acaba de recorrer a pie los escasos dos kilómetros que separan su casa de adobe en Tattaouine del campamento de la expedición Rumbo al Sur.

            Viene a explicar como en los años cuarenta, los franceses intentaron controlar las riadas en estas tierras aparentemente áridas. “Pero después nadie se preocupó de mantener las barreras”, dice la monja en deportivas. Al final pasó lo inevitable. En 2006 una tormenta arrasó con los cultivos. “¡Dejemos las manzanas y salvemos la vida!”. En medio de la tormenta, los torrentes rebosando, alguien lanzó un grito desesperado para que sus vecinos dejasen de abrazar los árboles y no muriesen intentando preservar su modo de vida. “No le deseo a nadie vivir una tormenta en esta cantera de piedras”, dice Montse que sí que vivió la tragedia. Esa y muchas otras con el Atlas de telón de fondo. El analfabetismo, la pobreza, la discriminación de la mujer, la ausencia de servicios médicos, las temperaturas extremas (en invierno y en verano)… y todo con esa sonrisa.

            “Procuramos vivir la vida de la gente”, dice Montse en la casa que comparte con otras dos hermanas (Bárbara, una enfermera polaca y Marie, francesa). En la capilla el sagrario está hecho con dos pulseras bereberes y un cordel de colores dibuja la palabra Alá en árabe. “Es el cinturón de una mujer que perdió a su hija y cuya nieta se quemó la cara, cuando nos hicimos cargo de ella, nos envolvió con él y dijo: ‘Este es el símbolo de una alianza, ya sois parte de nosotros”. “No me quiero volver”, dice Montse que regresa a España sólo una vez cada tres o cuatro años y que antes de llegar a Marruecos vivió casi quince en Japón atendiendo a los leprosos. “No podría volver al mundo del consumismo, para mi no tiene sentido que la gente pague 50 euros por el gimnasio cuando las mujeres marroquíes ganan menos de un euro la hora”.

            La presencia de franciscanas en Tattaouine empezó en los años setenta, la monja francesa Cecile Prouvost, llegó a este rincón pedregoso del Atlas y decidió ayudar a “los pobres entre los pobres”: los nómadas. Durante años las franciscanas acompañaron a familias trashumantes. De abril a octubre,  les apoyaban en su camino y como ellos vivían en una jaima. “Un año seguimos a un hombre que había quedado viudo con cinco hijos, otro a una mujer que consiguió mantener vivos a sus 14 niños, un milagro en un país con tan alta mortalidad infantil, así que fuimos a aprender de ella”. Esa humildad, ese “entender al otro sin convencerlo de nada”, ha llevado a estas monjas, duras como el terreno que pisan, a aprender el idioma, respetar la religión o usar los remedios tradicionales de los bereberes.

Hoy las tres hermanas llevan una cooperativa de mujeres, una guardería, un dispensario y su casa, con electricidad sólo desde el año pasado, tiene siempre la puerta abierta. A todas horas. El mantra de Montse es “vivir entre ellos”. Ser uno más, ayudar desde dentro, sin paternalismos ni falsas caridades. Mujeres dulces y aguerridas que se adaptan al medio. Cuando los bereberes se cruzan con ellas por los caminos de piedra y polvo las llaman “marabuya”: santas. Y nosotros, heroínas.

 

Y además: Los chicos de Madrid Rumbo al Sur ayudaron a las hermanas franciscanas a limpiar los torrentes de Tattaouine de basura y transportar troncos para una obra. También hubo tiempo de bañarse en el río, hacer la colada y realizar talleres de cooperación, diario de viaje, historia africana, recursos hídricos y radio.

 

 

Patricia Reyes

Cronista Oficial MRS 2010