MADRID RUMBO AL SUR. DIARIO DE EXPEDICIÓN.

 

25 AGOSTO. DIA 10: Yo para ser feliz quiero un autobús (o una Kabbah)

 

En la despensa de nuestra casa nómada sólo hay botellas de agua que ruedan de un lado a otro. El baño es una cuneta tras un arbusto, con suerte un retrete de gasolinera. Salón, comedor y dormitorio comparten un mismo espacio diáfano (un inmobiliario listo lo llamaría loft). Y las vistas del Medio Atlas son espectaculares.

El autobús es lo más parecido a un hogar que tienen los chicos de Madrid Rumbo al Sur. Lo único que permanece en un viaje hiperactivo donde se duerme en un sitio distinto cada día y se está muy poco rato haciendo nada. “Aquí es donde nos da tiempo a relajarnos, charlar y conocernos”, dice Belén Fernández, que es una de las dos personas del vehículo que está con un libro entre las manos (la otra es un monitor). Belén lee El Principito por cuarta vez. “Si fuese cualquier otro libro no me podría concentrar, pero este me lo sé de memoria”, explica citando de su capítulo favorito: “Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada, compran cosas hechas en los mercados, pero como no existen mercados de amigos, los hombres ya no tienen amigos”. “Yo es el único libro que me he acabado”, dice con sorna Lorite, su compañero de asiento. “Soy más de tocar la guitarra y dar masajes, duermo sólo cuando estoy muy cansado, porque aquí no te aburres”. A juzgar por los ronquiditos del bus, también te cansas bastante (a estas alturas del viaje las fotos de ojos cerrados y bocas abiertas son un hit).

Álex Delgado enseña a tocar la ocarina a Martín Hurtado y la canción escogida es ni más ni me menos que Halloweed be thy name, un hit de los Iron Maiden de 1982. (Martín nació en el 93). La letra, “una pasada”, va sobre la última noche de un condenado a muerte: “Entre los barrotes diviso el mundo que se portó mal conmigo”, recitan los muchachos en inglés. “Tocada con la ocarina no tiene la misma energía, claro”, admiten. En las últimas filas, un grupo de chicas charlan sin pausa “sobre novios y amigos en común”. “Es como un Tuenti oral”, dice Fátima que lleva diez días sin oler Internet. Muchos escriben apoyados sobre las rodillas en sus cuadernos de viaje y de rato en rato el autobús se convierte en un concierto (hay varios guitarras con mucho talento). El playlist es variopinto, de Leonard Cohen a Mecano pasando por algunos temas de este siglo. Joaquín y Nacho, los conductores, aguantan con paciencia infinita el ruido y los “¿cuánto queda?”. “A veces te enfadas con ellos, pero al final les quieres”, dice Joaquín al volante.

Mientras la vida transcurre sobre ruedas, por la ventanilla desfilan los desfiladeros secos del Atlas y sus vergeles vegetales se arremolinan en los cauces de los ríos. Los pueblos de adobe se camuflan en las laderas de barro; arquitectura tradicional que se funde con el entorno tanto que hasta se deshace con la lluvia. Pero no son las nubes las que están destrozando la milenaria convivencia entre naturaleza y estructuras, sino los nuevos edificios de hormigón (muchos de ellos mezquitas).

La carretera es un látigo de curvas con hombres que caminan quién sabe a dónde de la mano y niños que saludan en medio de la nada. Puestos de geodas que se abren como huevos enseñando sus prismas de colores y rebaños de ovejas. Nos cruzamos con camiones marroquíes decorados con dibujos de palmeras y cargados con un optimismo surrealista. Uno lleva una pirámide invertida de paja que sobrepasa con creces la anchura del vehículo, otro la baca (del techo) llena de vacas (de leche). La parada para comer no es menos pintoresca: raciones militares en una cuneta entre montañas junto a una tienda de artesanía llamada Welcome in my beautiful shop.

 Entre la bulliciosa Marrakech y la silenciosa Kasbah Amridil hay unos 250 kilómetros tan plegados sobre el Atlas que hemos tardado ocho horas en recorrerlos. Los chavales vacían su casa-autobús y toman esta fortaleza de adobe que pertenece desde el siglo XVII a una misma familia. Uno de sus últimos vástagos, Reda Nassiri regenta el albergue anexo al edificio de barro y paja. “Hay que reponerlo cada tres o cuatro años, pero yo creo en el control permanente de la erosión”, dice Reda que muestra orgulloso como su monumento (mantenido sin financiación pública) aparece en los tetrabrik de zumo y en los billetes de 50 dirham tras el retrato de Hassan II. “Es un lugar muy famoso”, dice Reda, cuyo castillo será nuestro hogar por una noche.

 

 

Patricia Reyes

Cronista Oficial MRS 2010

           

 

 

 

 

           

Patricia Reyes

Cronista Oficial MRS 2010