MADRID RUMBO AL SUR. DIARIO DE EXPEDICIÓN.

 

23 AGOSTO. DIA 8: Tres laberintos

 

            En la medina más grande del norte de África hay 9.400 calles y mil de ellas no tienen salida. Por ello, el grito que más se repite en Fez es ‘¡Yala, yala!’ (¡vamos, vamos!) para que no se pierda nadie en el laberinto. El otro es el “¡Balak!” (¡cuidado!) de los muleros avisando de que se acercan con el animal cargado de butano.

A pesar de la falta de sueño, los chicos de Madrid Rumbo al Sur viajan cada vez más despiertos. Uno pregunta si la cabeza de dromedario que cuelga del puesto de un carnicero significa lo que parece obvio (que vende carne de camello); también a qué sabe. Otro señala la sonrisa dibujada en el portal de una casa e indica  al resto: “Debe de ser el dentista…”. Aprenden que con alcachofas secas se cuaja el yogur y que los tejedores de seda estiran el hilo tensándolo entre los clavos que recorren las estrechas calles. La chavalería pregunta ya sin el corte de los primeros días y toma la iniciativa.  Uno compra un mapa para marcar la ruta recorrida (ya hemos cruzado el Rif y en el plano el norte de Marruecos está lleno de flechas y asteriscos). Otro compra un Corán. Muchos prefieren regatear con los artesanos del cuero para llevarse mochilas repujadas y carteras de colores.

            En Fez las curtidurías son un viaje en el tiempo. Museos vivos que funcionan como lo hacían en la edad media. Los curtidores trabajan la piel (considerada una de las mejores del mundo) metidos hasta las rodillas en pozos fétidos donde el cuero se limpia y suaviza con cal y excremento de paloma. El olor es tan fuerte que a la entrada se ofrece al visitante una ramita de menta. Oliéndola, su visita a las  tiendas con terrazas estratégicamente colocadas para que se vea el espectáculo será más agradable. Mientras los curtidores se bañan en los pestilentes pozos de colores, los guías aprovechan para ofrecer riñoneras por 10 euros. Los expedicionarios no se conforman con observar el impactante escenario. Unos hacen fotos o compran fascinados con los colores, otros alucinan con el regalo antropológico que supone ver algo así en el siglo XXI, otros se indignan con las duras condiciones de trabajo, la insalubridad y la presencia de algún niño en los pozos. Debaten entre ellos y con los adultos sobre las contradicciones del lugar. Miran, cuestionan, polemizan,  y defienden sus posturas. Dan ganas de tachar de la lista uno de los objetivos del viaje.

            En la ciudad romana de Volubilis, el monumento arqueológico mejor conservado de Marruecos, también hay habitantes del laberinto. En uno de sus impresionantes mosaicos Ariadna posa junto a Baco. “¡La juventud, la juventud!”, grita Hussein, nuestro guía, en castellano (con acento entre italiano y marroquí) para reunirnos entorno al comedor de una domus. “Los romanos comían tumbados y hasta vomitar, por eso eran gordos y bajitos”, dice, muerto de hambre y sed por el ramadán. Sus ilustrativos apuntes traen Volúbilis a la vida: mezcla eruditas explicaciones sobre Juba II, el gran rey, con coloristas descripciones sobre cómo los romanos disfrutaban del solarium abanicados por esclavos. Al caer el sol, Hussein desayuna en su fe, mientras el padre Juan celebra misa vespertina entre las ruinas de la basílica romana. Y una cigüeña lo ve todo desde su nido en lo alto de una columna de casi dos mil años de convivencia.

            El tercer laberinto es más moderno y se llama burocracia. En el Hospital Infantil de Rabat la expedición descubre el proyecto de la ONG Tierra de Hombres, bautizada en honor de Saint Exupery. La organización, que colabora con la Comunidad de Madrid, ha servido como hilo de Ariadna en el laberinto de la sanidad pública a un millón  de familias sin recursos y con un niño enfermo. En paralelo a la atención médica, Tierra de Hombres se ocupa de la asistencia social de estas familias arreglando el papeleo de las operaciones, escolarizando a los niños y buscando familias de acogida cuando es necesario operarlos fuera de Marruecos (sobre todo en Suiza, Francia y España). La idea es que cada vez haga menos falta llevárselos fuera y lejos de su madre, para ilustrarlo la expedición recorre las instalaciones del hospital, que va modernizándose gracias a la ayuda internacional. Al final de la visita Telmo Aldaz informa al auditorio de que los cooperantes secuestrados en Mali han sido liberados y los chicos aplauden como si hubiese caído el Minotauro.   

           

Patricia Reyes

Cronista Oficial MRS 2010