MADRID RUMBO AL SUR. DIARIO DE EXPEDICIÓN.

 

 

19 AGOSTO. DIA 4: Altair, una estrella de su edad

 

De noche la medina de Tetuán es de los hombres y de los gatos. Los primeros toman té sentados en terrazas, los segundos rebuscan en el rastro de basura dejado por el mercado. Sara, una joven marroquí que el año que viene quiere estudiar biología en Ceuta, guía a medianoche una serpiente de niños con camisetas verdes por el laberinto. Callejones con los cierres metálicos de las tiendas echados, esquinas misteriosas en las que los hombres charlan y se abrazan, arcos a un contraluz idéntico al de hace cinco siglos. Es un lugar mágico, pero la atracción somos nosotros. A ver como pasan desapercibidos 100 adolescentes en una silenciosa medina bañada por la luna. “¡Barça, Barça, Real Madrid!”, saludan los vendedores ambulantes recoveco tras recoveco y el encanto de recorrer esta ciudad antigua y retorcida se rompe un poco.

            A la mañana siguiente, camino de otra medina patrimonio mundial de la Unesco (Chefchauen) pasamos por un proyecto piloto: un centro que organiza cursos sobre plantas medicinales y aromáticas y planea cultivarlas en viveros. La idea es simple: profesionalizar una práctica tradicional. Las mujeres del Rif siempre han recogido mirto, tomillo, salvia, laurel o romero y los han usado como tés, ungüentos y especias en sus hogares. El plan es que lo hagan con criterio científico y de forma extensiva para comercializarlo. El proceso protegerá algunas especies endémicas, traerá otras nuevas y proporcionará un salario a las jóvenes participantes. La explicación teórica se extiende dentro de un aula del centro. Claramente, los chicos prefieren la visita de campo a la alambicada charla de jerga solidaria (con todos sus “objetivos”, “beneficiarios” y “planes de financiación”). La mercadotecnia también ha tomado el sector humanitario.

Finalmente al aire libre, rodeados de montañas, llegamos a la parcela de dos hectáreas donde se construirán los viveros del proyecto. Por ahora es un trozo de monte pelado en el que crece una planta silvestre con polvorientas bolitas de semillas. Es fluor y al romperlo con los dedos y chuparlo sabe a pasta de dientes. Los cien camisetas verdes se cepillan con los dedos, aplicando lo aprendido en la calurosa aula: las hierbas se cortan, no se arrancan de raíz. Algunas de las chicas apuntadas al curso de hierbas les reciben en el campo que les proporcionará un trabajo. Y los expedicionarios se ponen a charlar con ellas en francés. Algunos lo hablan estupendamente (y ya son traductores cuasi-oficiales del viaje) otros no pasan del “¿comment tu t’appelles?”.

            “En árabe un nombre puede dar mucha información”, explica Abdula Salam, nuestro guía de la segunda ciudad patrimonio de la aventura: la sagrada Chefchaouen. Por ejemplo, Abdula Salam significa “servidor de la paz”, Chefchaouen “ver los cuernos de la montaña”. Incrustada en sus faldas, la medina azul y blanca es un espectáculo no visto por un cristiano hasta 1863 cuando el escritor Charles Foucault se coló tras sus muros disfrazado de judío. Hoy abundan los turistas, algunos también van disfrazados de autóctonos aunque es por gusto. Una rubia berebere que no pasa de los cuatro años no se cansa de decir en castellano “¿¡Que hay forastero!?” a todo el que pasa. Hace veinte años, cuando Telmo Aldaz y sus hermanos vivían aquí con su madre arqueóloga, eran los únicos niños extranjeros (aunque no los únicos rubios) que se paseaban sueltos y con chilabas por la medina. “Antes en la plaza no había tantos restaurantes, sino que era el mercado donde la gente se reunía a hacer vida social”, dice Abdula con aire melancólico. “Cuando yo sea alcalde en 2015 volverá a ser como entonces”.

Los expedicionarios se unen al turisteo sin tapujos, parándose en cada esquina blanquiazul a echarse fotos y sin dejar de preguntar si pueden parar a comprar (ha sido que no). La tentación viene en forma de babuchas, bolsos, bisutería, cerámica y mantitas de algodón de colores. A plena luz del día, el misterio de esta medina no tiene nada que ver con el de la de Tetuán. Su magia es brillante y ruidosa, se puede ver a las mujeres afanosas de un lado a otro (da la impresión de que trabajan mucho más que los hombres) y hay más niños que gatos.

 

Otra vez somos la atracción de la medina (por mucho turista que haya, no todos los días se ven 100 chavales uniformados para arriba y para abajo). “¿Has perdido el rebaño?”, me pregunta un señor cuando me despisto un momento del grupo. Ya nos conocen.

            De noche cerrada atravesamos el parque natural de Alhucemas. La oscuridad se traga los cedros del Rif, y nos perdemos el paisaje (aunque no sus curvas). Pero la noche tiene sus ventajas: cuando llegamos a Cala Iris (a las tres de la mañana), Pedro Arranz, el astrónomo, saca su puntero láser y monta una clase frente a la orilla. “¡Es Luke!”, dice un chico cuando señala con su rayo verde la estrella polar. “¿Este cielo se puede ver en Madrid?”, pregunta el profesor bajo un escaparate de la Vía Láctea. Definitivamente “no”, contesta la expedición. Antes de mandarlos a dormir, les asigna una estrella. Se llama Altair y tiene entre 16 y 17 años luz. “Es decir, que su luz a partió de allí cuando vosotros nacisteis”.     

 

Patricia Reyes

Cronista Oficial MRS 2010